
"A la orilla del cielo
entre los charcos de barro que ensucian el paisaje
crece un loto celeste que inunda de ternura la primavera
y hace perder la razón a los poetas"
La mañana está fría y un sol incandescente hierve las tripas de los diarios, no cantó aún el vendedor de incendios su proclama matinal y los chicos del barrio patean latas y sapos mientras gritan en las veredas. No te extraño, se insiste a si mismo el hombre en la ventana. No extraño tu risa de chocolate, ni tu perfume de tilo, ni tu mirada de cielo. No extraño el perfume que exhala tu cuello cuando te humedeces ante mis caricias, ante mis besos. La generosidad de tu entrega a mis caricias. La serranía de tu voz, la luz de tu mirada, las rimas de tu sexo. La mañana está fría como un sueño inconcluso, el mate amargo no llega a besar los labios del hombre que espera en la ventana ver pasar las caderas de su amante amor, amor amante. Pasan vecinas gordas como colectivos y viejas como la avaricia; pasan policías circunspectos en busca de su especial de muzzarella; pasan señores vestidos para el banco y cartoneros, improvisados maledicientes por el exceso de competencia. Un sol impune asoma sus fauces de cristal tras las nubes del olvido. Temo a la vacía imagen de la calle desolada, de la vida desolada, cuando no estás conmigo. La mañana está fría y un pájaro libidinoso mira a través del vuelo el escote pudoroso de la virgen que pasa camino al almacén, no existe pecado en el deseo del placer, en el placer. No existe pecado en calentar nuestras manos en esos pechos tibios de leche y miel, en calentar nuestro corazón en esa boca flamante de pasión. A la orilla del cielo, entre los charcos de barro que ensucian el paisaje crece un loto celeste que inunda de ternura la primavera y hace perder la razón a los poetas. Sus manos destilan sueños apasionados y sus labios acarician la sombra de un sueño dorado. Hace falta mucha fuerza para no volverse piedra ante el imán de sus palabras, para no volverse polvo... La mañana está fría, lívida como un grito de dolor, un susurro de pasión, un crisantemo y no existe conjuro que alivie tanta sal, tanto silencio. En la ventana el poeta mira pasar los versos de las páginas que tal vez escribirá en la espalda de la mujer que ama. Un ruiseñor canta besos en la solapa del alma, y su dama se apresta a darle los buenos días. Nunca el día será bueno sin su voz. La dama sigue lejana mientras el poeta escurre su tristeza entre las hojas de un abismo. Mañana será primavera, se promete esperanzado.
La mañana está fría, como un cadáver fino y estridente que se niega a partir, reparte rayos flacos de un sol apenas tibio que no alcanza a saber de que gusto es el amor. Frío, el cadáver exquisito de la mañana fría trepa al mediodía y se evapora inanimado en el rito del almuerzo mientras en la ventana, pétreo, el poeta aún bebe la risa de su amada.